rincones del Alcázar de Sevilla
caminando por sus jardines
disfrutando del silencio de las flores que asoman en invierno,
y del sol que nos abrazaba entre las hojas
caminando por las calles de Sevilla recordé un poema de Girondo,
uno que estaba dedicado a una de ellas...
sin tener a mano alguno de sus libros,
esas hojas que me acompañaron tantas veces en la mochila,
con sus palabras específica y contrariadamente escogidas,
me senté en un café, y busqué,
en ese gran cajón de cosas sin sentido y sorpresas,
donde al dar con los carácteres correctos se encuentra lo que se busca,
y así aparecieron las palabras que Oliverio escribe a Sevilla,
sobre Sevilla y sobre la calle las Sierpes...
por esas hermosas casualidades del viaje,
estaba sentada en una esquina de esa misma calle...
aquí sus letras
ordenadas en palabras
ordenadas en versos
Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.
Sentados al borde de las sillas,
cual si fueran a dar un brinco
y ponerse a bailar,
los parroquianos de los cafés
aplauden la actividad del camarero,
mientras los limpiabotas les lustran los zapatos
hasta que pueda leerse
el anuncio de la corrida del domingo.
Con sus caras de mascarón de proa,
el habano hace las veces de bauprés,
los hacendados penetran
en los despachos de bebidas,
a muletear los argumentos
como si entraran a matar;
y acodados en los mostradores,
que simulan barreras,
brindan a la concurrencia
el miura disecado
que asoma la cabeza en la pared.
Ceñidos en sus capas, como toreros,
los curas entran en las peluquerías
a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez
y cuando salen a la calle
ya tienen una barba de tres días.
En los invernáculos
edificados por los círculos,
la pereza se da como en ninguna parte
y los socios la ingieren
con churros o con horchata,
para encallar en los sillones
sus abulias y sus laxitudes de fantoches.
Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
O.G.
y la imágen años después
cada 5 ó 9 bolsas que pasean,
de papel o plástico,
con colores o con marcas,
y tras un promedio de quince caras de aburrimiento
caminan más mujeres de las que pudo ver Girondo